
"El hombre está más cerca del mono que la mujer, no me cabe la menor duda. Son más peludos, tienen los brazos más largos y en ellos el impulso sexual empieza por la vista, herencia de sus ancestros, los simios, a quienes la hembra llama durante el período de celo con un cambio notable en sus partes íntimas, que se inflaman y adquieren la morbosa apariencia de una granada madura. Por alguna razón, esto es como un semáforo para los machos en caso que anden distraídos.
Entre los hombres el estímulo visual es igualmente irresistible, eso explica el éxito de las revistas con mujeres semi desnudas. Se ha intentado explotar el mismo negocio ediorial dirigido al público femenino, pero las imágenes de muchachos bien dotados desplegando sus encantos en páginas a todo color han resultado un fiasco; las compran homosexuales más que las mujeres. Nosotras tenemos el sentido del ridículo más desarrollado y además nuestra sensualidad está ligada a la imaginacíón y a los nervios auditivos. Posiblemente la única manera de que las mujeres escuchemos es si nos susurran al oígo. El punto G está en las orejas, quien ande buscándolo más abajo pierde su tiempo y el nuestro.
Los amantes profesionales, y me refiero no sólo a los legendarios, Casanova, Valentino y Julio Iglesias, sino también a cantidades de hombres que colecionan conquistas amorosas para probar su virilidadad por el número, ya que por la calidad es cuestión de suerte, saben que para que la mujer el mejor afrodisíaco son las palabras. Los latinos han elevado la lisonja amorosa a la categoría de arte gracias a la riqueza incomparable de nuestros idiomas y el inagotable repertorio de caciones, poemas, piropos y frases hechas que los pueblo germánicos o anglosajones jamás se atreverían a usar. De allí proviene la fama del amante latino, capaz de infundir tal calor con su labia que tosa resistencia femenina se vuelve cera derretida."
No tengo nada más que decir, Isabel Allende lo ha dicho por mí en el libre más que recomendable "Afrodita".